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Lo que nos dejó la Selección Argentina este Mundial

Una reflexión sobre liderazgo, cultura y trabajo en equipo a partir de una Selección que también mostró otra forma de conducir: con humildad, confianza, sensibilidad y humanidad.

Liderar también es animarse a mostrar lo que sentimos.

Todavía no puedo soltar este Mundial. Y, siendo sincera, en el fondo tampoco quiero.

No solamente por los partidos, los nervios o todo lo que genera ver a la Selección Argentina. También porque, mientras los miraba, no podía evitar pensar en el liderazgo, en los equipos que construimos y en la responsabilidad que tenemos quienes ocupamos un lugar de conducción.

Como líder, muchas veces me pregunto qué hace que un equipo realmente funcione. Qué logra que personas distintas, con talentos, personalidades y responsabilidades diferentes, puedan avanzar hacia un mismo lugar.

Y creo que la Selección volvió a mostrar algo bastante simple pero difícil de sostener. El talento puede marcar la diferencia pero la cultura es la que mantiene unido al equipo.

Messi lideró haciendo. Corriendo, defendiendo, asistiendo y comprometiéndose con cada jugada. Nunca pidió algo que él no estuviera dispuesto a hacer. Y esa forma de liderar siempre me resulta poderosa, porque la autoridad no se construye solamente con lo que decimos. Se construye, sobre todo, con lo que hacemos cuando los demás nos están mirando.

Scaloni mostró otra dimensión del liderazgo. No llegó como “el gran candidato”, no necesitó tener todas las respuestas ni convertirse en el protagonista de la historia. Escuchó, aprendió, se rodeó de personas valiosas y confió.

Y confiar también implica soltar. Implica entender que liderar no es controlar cada movimiento sino construir las condiciones para que otras personas puedan decidir, resolver y crecer. Sin confianza hay control. Y sin delegación, no hay crecimiento posible.

También estuvo el mérito por encima del nombre. Jugaba quien mejor estaba, no necesariamente quien tenía más fama o trayectoria. Cada uno entendía qué tenía que aportar. Porque no todos pueden ser Messi y, en realidad, ningún equipo necesita estar formado solamente por “Messis”.

Necesita personas capaces de reconocer su rol, asumir su responsabilidad y poner su talento al servicio de algo compartido.

Hubo otro aprendizaje que me parece especialmente importante y que tiene que ver con el manejo de la frustración.

Messi perdió finales y fue muy criticado. Tanto, que en un momento decidió alejarse de la Selección. Después volvió y siguió trabajando muy duro.

La frustración existe y es parte de cualquier recorrido profesional, personal y colectivo. El punto no es evitarla sino decidir qué hacemos después. Si nos paraliza, si nos endurece o si encontramos una manera de transformarla en aprendizaje.

Como mujer y como líder, hubo además algo que me conmovió particularmente: ver a hombres que no necesitan esconder lo que sienten para ser respetados.

Scaloni, Messi, Aimar, De Paul y tantos otros lloraron en público, se abrazaron, hablaron de sus familias y expresaron miedo, orgullo, dolor y agradecimiento. El Dibu contó más de una vez cuánto lo ayudó la terapia. Y Lisandro Martínez habló con enorme honestidad sobre cómo su esposa lo ayudó a cuestionar una crianza machista, aprender a expresar afecto y entender que llorar o mostrarse vulnerable no es una debilidad.

Nada de eso debilitó su liderazgo. Al contrario, los volvió más cercanos, más creíbles y más humanos.

Durante mucho tiempo nos enseñaron una idea de liderazgo -y también de masculinidad- asociada con la dureza, el control y la imposibilidad de mostrar vulnerabilidad. Como si sentir fuera una falla. Como si para conducir hubiera que tener siempre una respuesta, una postura firme y una distancia emocional.

Este equipo mostró otra cosa. Una masculinidad más amable, afectuosa y familiar. Hombres que compiten al máximo nivel, pero que también se permiten llorar, abrazarse y hablar del amor que sienten por las personas que los acompañan.

Y creo que eso también es liderazgo.

Mostrarnos vulnerables no significa trasladarles nuestros problemas a los demás ni dejar de hacernos responsables. Significa no construir un personaje para ocupar un lugar de autoridad, animarnos a ser coherentes con lo que sentimos y generar vínculos desde un lugar más honesto.

A un líder que muestra lo que realmente siente, se le cree.

Los resultados, finalmente, son una consecuencia. No aparecen de un día para el otro ni dependen de una sola persona. Llegan cuando un equipo sostiene durante mucho tiempo los comportamientos correctos: confianza, humildad, compromiso, responsabilidad y un objetivo común por encima del ego.

Nadie construye algo grande solo. Pero cada persona puede asumir la responsabilidad de hacer su parte para que el equipo llegue más lejos.

Quizás por eso todavía no puedo soltar este Mundial.

Porque más allá del resultado, la Selección Argentina nos recordó que se puede liderar con exigencia sin dejar de ser sensible. Que se puede ser fuerte sin esconder la emoción. Y que los mejores equipos no son aquellos en los que todos brillan de la misma manera, sino aquellos en los que cada uno encuentra su lugar para hacer brillar al resto.

PD: aguante Argentina, siempre. 🇦🇷

Por Sabina Roca.

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